Hay cierta secuencia de cosas que me persigue a cualquier parte que voy. Es casi inevitable ya, para mi, ver pasar un ómnibus numerado 148 en cualquier ciudad que recorro.
En Londres no creo haberlo tomado nunca, en Montevideo me llevó a muchos sitios y lo ví pasar en Buenos Aires, en algunas ciudades de Brasil y en Barcelona si no me equivoco.
Después están los carteles luminosos de Renault, los McDonald's y los Starbucks y me pregunto qué estoy haciendo. Salvo la arquitectura y los idiomas, todo me resulta tan igual, la gente y su ropa y sus risas falsas. El tono de las risas y sus acentos pueden variar, sí, por el idioma, comprenderás. Hay risas en inglés, en portugués, en español y en
ríoplatense, pero siguen siendo falsas.
Este sitio me gusta porque la música es suave (no como la del sitio anterior, del que vengo, que no se podía ni pensar) y porque allá al fondo -que es en realidad la entrada- se ven entre las cabezas las ventanas que dan a la calle por la que pasan esos
buses rojos de dos pisos tan característicos de la ciudad.
Al principio me emocionaba ir en el piso de arriba, subir esa escalerita angosta y sentarme en el asiento de adelante a mi izquierda. Sentía que volaba a pocos metros del asfalto y que la ciudad y sus calles eran mías. Pero después, ayer para ser exacta, vi el parabrisas de uno de esos ómnibus hacerse añicos tras darse de lleno contra otro bus y pensé que mejor no lo hago más. No es que tenga miedo, pero no sé. En realidad sería hasta emocionante. Supongo que siempre estamos esperando que nos pase algo así, algo terrible que nos saque de la rutina de trasladarnos en un ómnibus, poder decir (si se ha salido vivo, claro está) que llegué tarde porque chocamos, el ruido fue espantoso, la gente gritaba, etc.
Mejor ni pienso en eso, mejor sigo haciendo como siempre hago y me olvido del choque, y si me pasa que me agarre de sorpresa y así seguimos.
Hay cosas que es mejor no saber. Por ejemplo, jamás quisiera enterarme que encontraste otro diccionario andante, como me solías llamar tan dulcemente. Pero en el fondo (y no tan en el fondo) no me molestaría que te enteraras de que yo si encontré, no un diccionario, ¿cómo te llamaba yo a vos cuando te hacía cariñitos? ¿mi flaquito lindo era? Sí, otro flaquito lindo, que es completamente lo contrario a vos, que hizo cosas que vos jamás hiciste ni harás, con el que hago cosas que nunca hice con vos. No sé, sentir tus celos desde la distancia, saber que aún queda algo de mi en vos, mi... no, mejor no te digo nombres porque no corresponde, porque estoy siendo terriblemente cruel al confesarte todas estas cosas, mi... no te digo nombres, no me lo permitas.
Pero vos y yo sabemos que no es lo mismo, creo. Además estoy confundida y no sé, no entiendo nada y todo parece irreal y falso y creo que él siente igual.
Aunque es él siempre el primero en sacar mi mano de la profundidad del bolsillo de mi campera para envolverla con la suya y me mira con esa cara de
please kiss me before I do y yo le respondo con un beso en el pómulo derecho o en la ceja y le sonrío. Pero juro que mis sonrisas cuando estoy con él son las de verdad, de esas que son mas bien para mi misma, de esas que ponen cierta distancia. Y creo, no lo sé bien, que esa distancia, y esa leve indiferencia que le muestro cuando no lo llamo ni le escribo durante dos días seguidos, o le cuento que el domingo tuve un
lovely day sentada sola en un Café leyendo, escribiendo y haciendo dibujitos en
post-its, etc. Creo (¿o tal vez quiero creer?) que le gusta, que le hace querer volver a verme. Porque cuando me despido de él en la plataforma de la estación de tren (sí, me acompaña hasta allí, que
gentleman con tapado azul) le digo
see you soon, y esa incertidumbre, ese suspenso que queda en el aire y en la despedida es, también para mi, sumamente atractiva.
Pero yo lo trato bien, y él a mi. A saber: le doy servilletas naranjas para que se suene la nariz, le regalo canciones, las que él me pida, y le digo cosas lindas. Y se las digo sinceramente, casi tanto como te las decía a vos.
Me mirás con una cara. Supongo que logré mi propósito y ahora estás celoso. Qué mala que soy, terriblemente mala. Y ahora no puedo deshacer nada porque ya está todo dicho, peor aún, está todo escrito.
Sabrás disculparme, con tu condición de estudiante de esa materia que no quiero nombrar, siempre me dijiste que tenía que canalizar (esa palabra que tanto te gustaba decir, que seguramente la escuchaste de tu psicóloga) y decir lo que siento sabiendo lo mucho que me cuesta y cómo se me hace un nudo en la garganta cuando lo intento, y ahora lo estoy haciendo excelentemente, como nunca lo hice en la vida. Ahora me vas a odiar y reprochar, siempre lo hiciste cuando al fin lograba sacar mi alma afuera, me decías que te hería con lo que decía y yo te pedía perdón y te acariciaba el pelo. Pero es tu culpa, ahora lo sé, y es injusto también, porque yo siempre intenté comprenderte cuando era
tu turno de hacerlo, y siempre te comprendí. Pero vos no, y por eso creo que (nunca te lo dije, por miedo y por no tener ganas de pedir perdón) que cometiste un gran error al seguir la carrera que elegiste seguir, porque sos cerrado y terco.
Ahí va, miralo, otro ómnibus rojo de dos pisos, miralo que curioso.
Esta borra de café es un verdadero asco, pero yo ya vomité todo lo que tenía que vomitar. Y ahora me voy a comprar jabón, que se terminó.